Su forma de ser aún estaba formándose, su vida no había sido un campo de rosas, no le habían servido nada en bandeja de plata, y lo que tenía se lo había ganado con esfuerzo.
Cada experiencia era un paso que lo hacía ser quién era, a veces los nervios no le dejaban avanzar pero no tenía rival en aquello que se proponía.
Había conocido a una Luz, a menudo sentía que solo había sido un sueño y nunca le daba más importancia que eso cuando la sentía, la veía clara y sinuosa, pero nunca conseguía alcanzarla.
Cada año era un año más conocedor y aunque esa Luz ya era una quimera, no se desvanecía y aunque a veces la olvidaba nunca se marchaba, ni por un instante.
En algún momento de esos años turbulentos, la Luz se presentó ante él más pura y más viva que nunca, estaban tan cerca el uno del otro que intentó rozar su aura a pesar de que una parte de sí mismo le gritaba que no lo hiciera.
No podía dejar pasar el momento, tanto tiempo pensando en ilusiones creadas en castillos imaginarios, recreando ese instante que ya pensaba imposible, se acercó tanto que el resplandor le cegó antes incluso de llegar a rozarla, se paralizó de la impresión y como en un mutuo acuerdo se alejó de ella con la resignación de un corazón marchitado.
Dejó de recordar aquél momento, lo enterró tan lejos como pudo, guardó silencio y tomó la decisión de tenerlo como el sueño que siempre pensó que había sido, el dolor ya se notaba diferente y a pesar de su silencio el sonido era muy intenso, había veces que ni la pensaba, viajaba y ya no la veía, se había creído feliz y eso era lo único que importaba.
Paseando una cálida noche de verano por las carreteras del infierno, vio nubes y colores que no le correspondían al cielo esa noche, la oscuridad era la reina y ni si quiera él fue capaz de darse cuenta de lo que faltaba.
Se topó sin previo aviso, con unas rejas grises rodeadas por un halo de color púrpura muy oscuro casi imperceptible, no se lo pensó demasiado y las traspasó sin fijarse en exceso en nada más.
Permaneció allí casi un quinto de su vida, pero no le importó, ya sabía donde estaba, pero no intentó huir, había entrado por su propio pie, ahora sólo debía aguantar, aunque no sabía exactamente a qué.
Sin ventanas, sin puertas, sólo aquellas rejas que no dejaban ver más nada del exterior, el púrpura lo invadía todo, sintiendo sólo oscuridad, y tres paredes más lo envolvían y que él había ido estudiando con el tiempo, descubriendo que ellas sólo se estrechaban un poco más cada vez.
Si soñaba con algo ya no recordaba, ni tan siquiera sabía si la Luz había existido alguna vez en su cabeza, si veía ya no era con los ojos, pero no le importó, el gris era lo único que le importaba.
Un día, mientras investigaba, se percató de algo que acababa de aparecer en aquel mismo instante y le despistó de sus asuntos.
En una de las paredes de piedra que le rodeaban se había formado una grieta. Muy alarmado y sin saber exactamente lo que ocurría se sentó a mirarla simplemente.
Pasó poco tiempo cuando ya habían aparecido trece grietas más, cuando despertó en la séptima noche después de que la primera grieta apareciera, percibió algo más, un destello sutil se coló por una de las rendijas, era fino y puro y como un niño maravillado lo atrapó con las manos, este se introdujo por los poros de su piel y se deslizó hasta entregar una diminuta descarga a su absorto corazón. La sensación fue tal, que se acercó con desesperada nostalgia hacia la pared y comenzó a hacer fuerza sobre ella, cansado no era capaz de desistir, cada rayo de palidez se fundía en su, cada vez, más cálida piel y de alguna manera eso le hacía sentir más vivo.
No tardó demasiado en provocar más y más roturas en cada una de las paredes y aunque eso le hacía daño era lo que le estaba devolviendo a la vida.
Cayeron como la ciudad de Babilonia y de pronto sintió la brisa del océano y a los pájaros vibrando, rememoró tantas cosas de golpe que se sintió desfallecer, en ese mismo instante vislumbró aquella claridad que pensaba nunca volvería a ver, la que llevaba semanas alimentándolo sin que él se percatara, la Luz, tan intensa y real como siempre fue, no le dio tiempo a reaccionar y ella se fundió con él, no sentía el suelo bajo su ser sólo la Luz dentro de sí, el color perla se había desvanecido y ahora sentía emanar una luz propia, ardiente y poderosa, inhumana y divina, anaranjado amarillento se veía, hermoso le decían y ella seguía a su lado, más hermosa que nunca, le susurró las palabras: "No podía brillar sin ti."
Los misterios de la naturaleza a veces son imposibles de descifrar, la energía nos hace revivir, pero el que nos hace sentir vivos y libres no es más que el amor.
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