Subo y bajo en el carrusel de tu alivio, te beso te muerdo y me haces daño, me columpio en la curva de tus lágrimas y río hasta romperme en mil trocitos de un amor tan intenso que haría arder el hielo más congelado.
Te pienso en momentos de dolor, me sostienes como las nubes se sostienen en el cielo y floto en la inmensidad de tu esencia cuando me hablas en la distancia imposible de derribar. Cuando te miro es como una nueva historia y tus ojos siempre me cuentan todo lo que necesito saber, nadie más que tu cada mañana, cada noche, cada día, cada hora, nada tiene importancia si tu estás cerca, me escuchas me secas el dolor, me arropas, me odias, me amas, me sonríes, me muero.
Quisiera poder permitirme, quisiera poder controlar mi sed de tu sangre, la ansiedad de tu ausencia, la locura de tu silencio, quisiera dormir sobre ti, sintiendo el calor de tu cuerpo, poder morirme mientras me dejas amarte. Quisiera decirte lo que pienso. Decirte que te amo. Decirte que no somos imposibles.
Somos únicos, diferentes, estamos unidos por algo más que la poesía, que las palabras, que la imaginación, somos uno como uno es el universo. Y no me gustaría sentir que somos ellos, que somos otros, somos tu y yo y no hay más que discutir. Mientras peleamos por ver quién se ama más, cada día nos hacemos más fuertes, en la lucha por el trofeo del amor aportamos ladrillos y cemento, encontramos la manera de hacer productivo el trabajo, encontramos la pasión del amor, la fuente de la eterna juventud.
Cuando el lo siento fue un aliado perfecto para compensar las noches en vela, el dolor de la inquietud, la búsqueda de una felicidad escondida como una perla en una concha completamente cerrada, la luz más brillante me tocó a mi, y no dormiré con el amor de mi vida pero tengo la suerte de sentirle mío sin ataduras, sin cadenas, sin fisuras, sin mayor problema que el de querernos demasiado.
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