domingo, 26 de octubre de 2014

Llega el otoño

Y se fue, natural, sin hacer ruido, como se hace de noche o como cuando sale el sol. Y ella al no sentir su mirada mientras regresaba a casa se dio media vuelta y con el frío de la media noche se sentó a esperar, sin zapatos, sin abrigo, sólo ella y la oscuridad.
No se rendía, pensaba que cuanto más mirara calle abajo más poder ejercería sobre la voluntad de volver de la persona que se alejaba sin prisas, atravesando la densa capa de aire que le envolvía.
Pero no fue así, la fuerza que empleaba en mandar señales de energía, señales transformadas en súplicas, no hicieron efecto y sabía que los kilómetros se transformarían en barreras, aunque nunca pensó en que eso fuese a suceder.
Sentía la cena subiendo por su esófago en lugar de huir hacia el lado contrario, el dolor de estómago mezclado con la angustia que le recorría el cuerpo por momentos empezaron a otorgarle sudores fríos acompañados de un dolor de manos causado por la presión de sus uñas al cerrar los puños con demasiada fuerza, los temblores eran notables y el vello era piel de gallina recién afeitada, las luces se transformaron en círculos de diferentes colores por sus ojos húmedos, la humedad, la sentía en los huesos, y los pies se iban convirtiendo con el paso de los minutos en témpanos rodeados de cristal afilado y agua suspendida en el ambiente, bajaba la cabeza y pensaba en estas palabras, que era diferente, que era su sueño, que nunca la dejaría sola, pero se fue, os lo aseguro.

El pelo caía por su espalda como una capa suave que insistía en cubrirle la cara, y las gotas de sus ojos hacían del pelo una maraña de desastre tirado en una acera vacía con luces alumbrando la nada y ojos de árboles cayendo como su esperanza.
Se sentía como una niña perdida entre la multitud rogando por ver un rostro conocido, pero no lo vio... y la desesperación ejercía presión y la tristeza de la exageración y el drama superaron sus expectativas, se encontró en una escena completamente nueva, creada por sus propios actos, por la culpa de ella misma que aún no llegaba a comprender, y en medio de todas estas divagaciones se encontró de cara con un animal que vagaba por la calle con la esperanza de encontrar un lugar caliente y seguro en el que refugiarse y se miraron largo rato a los ojos sintiendo una conexión que se desvaneció tan mágicamente como había aparecido.
Las luces cegaban sus ojos matando las últimas esperanzas que le quedaban.
Y se fue, y no volvió, así, recogió la poca dignidad que ya le quedaba y se puso en pie, volvió por donde había venido, pero no fue a su hogar, bajó las escaleras y se tumbó, no había nadie esperándola en casa, nada por lo que mereciera la pena volver, y miró la noche, la inmensidad del espacio, y las estrellas reflejando su falta, ya había pasado mucho rato, ojalá no lo hubiera pensado, pero lo pensó y en ese segundo ella ya sabía que no iba a volver.

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