Sentada sobre el amanecer de tu cuerpo, me ciega esa luz tan intensa que me baña como cataratas plateadas, dudando en besarte y despertar al ser más hermoso que las divinidades pudieron engendrar, me tomo la molestia, y tu te tomas la modestia, quiero morderte el mentón, pero tu respiración es lenta y dulce, cantas hasta con el corazón relajado, podemos fingir que el sol aún descansa, podemos seguir el baile de amantes, como los pájaros, subamos hasta tocar el cielo, que el aire nos guíe y que nuestro amor nos haga volar.
Intento retirar el terciopelo blanco que nos arropa con delicadeza para no interrumpir la bella escena y es ahí cuando los dos luceros se abren, dejando entrar la brisa, dando la vuelta a mi vida y dos brazos robustos y cálidos me atraen hacia si y me acuestan en la cama más placentera de todo lo habido y por haber, cierro de nuevo los ojos y escucho hasta que mi mente y la tuya se funden en una, viendo mundos invisibles, quimeras fugaces.
Vivimos para morir dicen, quizás ellos sí, pero nosotros vivimos para amarnos y esa es nuestra única verdad.
Sentada en el atardecer de tu mirada, viajando hasta ti sólo para ver tu cara una noche más, disfruto de las últimas luces del crepúsculo hasta que el silencio del mundo ruidoso me vuelve a llamar.
Les grito que te amo, pero nunca quieren escuchar, como si entendieran las palabras pero no el sentimiento, y desisto porque si no quieren saber nunca comprenderán, porque si sólo oyen, nunca escucharán, porque cuando miran no nos ven porque nunca serán tú y yo.
Te extraño cuando estás pero te vas, te extraño cuando te vas porque te has ido, te extraño cuando no estás porque deseo enredarme entre tus brazos, te extraño en sueños, con gente, sola y dormida, te extraño siempre, menos cuando amor no es palabra.
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