Me senté a recapacitar.
Todas las palabras de amor están dichas, pero nos empeñamos en repetirlas una y otra vez para ver si al hacerlo cobran un nuevo significado, quizás algo más parecido a lo que realmente buscamos expresar, pero eso nunca sucede.
Buscando por los entresijos de nuestro preciado amor encontré una urna de cristal, en ella dormía un ser etéreo, tan pequeño y brillante que a penas me atreví a acercarme por si interrumpía su delicada labor.
Casi sin esperarlo abrió los ojos y me rozó con la mirada.
Entonces te vi sentado en el suelo envuelto con una manta de algodón, estabas revolviéndote el pelo y mirando directamente hacia mis ojos, me llenaste de amor como un hinchador rellena de aire a una pelota, tuve que apartar la mirada por miedo a explotar.
Estaba en la distancia y aunque quería avanzar algo me lo impedía, me decías lo feliz que te sentías, que no había nada más.
Abrí los ojos y ahí estabas de nuevo, esta vez noté en mis labios el sabor de tu cuerpo y me sentí tocar el cielo, me elevaste tan alto que cerré los ojos por miedo a caer.
Hacía calor y tus tiernos brazos rodeaban mi cuerpo como las cadenas de la lujuria, bebiste de mi amor y te fundiste en mi.
"Tú eres yo y yo soy tú", tus palabras me lamieron suavemente y me hicieron enfrentar la realidad.
Ahí estaba, de pie y desnuda, rodeada de lazos rojo carmín y posara donde posara mis ojos te veía tan claro como nunca antes.
El ser etéreo se volvió a tumbar y se convirtió en sueño.
Desperté los ojos con dificultad y ya no sabía si era fantasía o realidad pero tu respiración era lenta y calmada, tu cuerpo desprendía un calor tierno y sincero, tus labios sonreían y estábamos enlazados con leontinas invisibles, besé tu alma y aspiré nuestro amor.
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