jueves, 6 de febrero de 2014

Nada más

La niebla, densa y fría llegó para envolvernos en su húmedo calor, corrió para ayudarnos en nuestro juego de las escondidas, quiso participar, quiso formar parte de nuestro delirio, intentó taparnos para que el firmamento no fuera testigo de nuestras promesas y esperanzas, de nuestros deseos, pero no fue suficiente, porque nada puede cubrir nuestro afecto mutuo.

El amor se debe regar, dicen, todos los días, cuidarlo y tratarlo con cariño. Es curioso como consciente o inconscientemente hemos pasado todo lo que llevamos de vida regando este amor, regando un amor congelado, regando ilusiones construidas en el aire, esperando que algún día esas formas transparentes se convirtieran por arte de magia en algo que a penas ya se sostenía en pie, perdiendo la esperanza, pero aguantando la fe, regando por el "por si acaso", amando como siempre, con el silencio delante y las ganas detrás.

Nunca quiero irme y nunca quiero dejarte ir, porque estar contigo es construir nuestro propio universo y despedirme es regresar al mundo donde todos sonríen pero nadie es feliz, donde todos fingen y todos dañan, donde no estás y aún así consigues hacerlo, atravesando todas las barreras sólo para hacerme sentir que, a pesar de todo, tu amor siempre me va a proteger.

Sólo una cosa puede hacerme sentir el ardor del sol, y esa cosa es tu voz que siempre ha acompañado a mi alma a través de los años y todo el dolor, tu voz es la que cuando estoy a punto de morir me susurra al oído, "una vez más" y consigue devolverme todas las esperanzas, tu voz me hace creer en lo imposible, eres mi salvación, el amor de una niña, el amor de una adolescente, el amor de una mujer, eres mi amor, mi razón, ese eres tu y sólo tu.

Tú, yo, nosotros, nada más.

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