lunes, 24 de marzo de 2014

En las profundidades

El palacio dorado irradiaba una luz casi celestial con el sol atravesando la espesura del océano y acariciando con sus suaves rayos la arquitectura que allí se alzaba.

A lo lejos, una sirena de grandes ojos claros y largos cabellos rubios se desperezaba con movimientos gráciles, despreocupada y sentada sobre un arrecife de coral extenso y bello.
Tenía la costumbre de observar el palacio desde la lejanía sin más intención que la de distraerse mirando la vida en aquel lugar.
A su derecha descansaba una pequeña lira con forma de ábaco y flores esculpidas en ella, había escuchado decir a sus hermanas que se trataba de la lira original que Hermes le regaló a Apolo, pero no era algo que le preocupara en lo más mínimo. La recogió de la arena y la examinó como si fuera la primera vez que la veía, rozó sus cuerdas y estas susurraron un par de notas, un ruido repentino provocó que alzara la cabeza, entornó los ojos en dirección hacia el palacio y asustada vio como el mar comenzaba a agitarse desde la construcción de gemas hacia sus alrededores, agitó su cola con decisión y se esforzó por salir de allí lo antes posible, pero la furia de Poseidón la atrapó hasta perder la conciencia.

Despertó tan agitada como agitada se había sumido en el sueño, no era totalmente consciente de donde se encontraba pero siguió nadando hasta que algo la deslumbró, se detuvo y bajó hasta llegar al objeto del que había recibido el destello. Era una caracola pesada y tan grande como tres veces su mano, la cogió maravillada, parecía bañada en plata azulada, no se atrevió a soplar, pero se la llevó con ella, se apresuró tanto mientras miraba la caracola que chocó violentamente contra un tritón.

"¿Te encuentras bien?" preguntó él sin mucho interés. La sirena levantó el rostro y se encontró con unos ojos fuertes, duros y bondadosos todo en una misma mirada, se sonrojó y apartó la vista, aquellos eran los ojos de un Dios.
"Sí." logró susurrar con algo de temor, lo rodeó y continuó su camino.
"¡Eh!" Gritó él, "Tienes algo que me pertenece." Se acercó a ella en milésimas de segundo y sujetó su brazo.
La mujer miró la mano de él sosteniendo su brazo y después le clavó la mirada como un cuchillo olvidando quién era y sosteniendo su mirada.
Era Tritón. Le soltó el brazo y acarició su rostro casi con cariño. Nunca había sentido la bondad de un Dios, pero aquello debía ser parecido a morir.
La sirena se relajó y sus ojos se endulzaron.
"Tu nombre y mi caracola por mis disculpas" continuó con voz monocorde y sin apartar la mirada.
"Parténope." pero no se movió del sitio.
"¿Vives por estos mares?"
"Depende."
Tritón la miraba sin poder hacer nada al respecto, le tenía cautivado entre ensoñaciones imposibles, no podía reaccionar, la belleza le había comido el sentido común. Se acercó a ella tan lentamente que quizás habrían podido pasar horas hasta que desapareció casi por completo la distancia que los mantenía alejados.
"Mi caracola." le susurró al oído, estaba tan cerca de ella que podía sentir los latidos de su corazón y la tirantez de su cuerpo.
No se tocaban, solo se sentían. Parténope depositó con suma delicadeza el objeto sobre la mano que él tenía extendida. Tritón se alejó un poco y volvió a sus ojos. Ella mantenía la mirada firme y el gesto impenetrable, por alguna extraña razón había encontrado en aquella sirena una conexión tan fuerte que llegó a sentirse casi abrumado, iba a decir algo cuando sin previo aviso ella le dio la espalda y con la rapidez de su raza le dejó solo y una estela de burbujas diminutas quedó tras su presencia.

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